31 marzo, 2015

Kidzania, ciudad nada ideal para niños ni niñas



LAIS FONTENELLE, psicóloga del Instituto Alana, desentraña en este artículo lo que realmente vende Kidzania a la población infantil de esta ciudad artificial creada en más de 15 ciudades del mundo.

“Deve ter alamedas verdes
A cidade dos meus amores
E, quem dera, os moradores
E o prefeito e os varredores
E os pintores e os vendedores
As senhoras e os senhores
E os guardas e os inspetores
Fossem somente crianças”
(A Cidade Ideal, Chico Buarque)
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Un emprendimiento global dirigido a un público infantil entre 4 y 14 años invadió el sótano del Shopping Eldorado en São Paulo, en estas vacaciones de verano. 

Prometiendo más que fantasías a un precio "amigo" de 100 reales por niño y 50 por adulto, este parque de diversiones pone a empresas y productos en contacto directo con los niños, con la clara intención de crear consumidores leales a las marcas "de la cuna a la tumba", como dicen los publicistas.

El parque va más allá del concepto de diversión propiamente dicho y trae en su origen, la idea de aprender a través del juego, orgullosamente llamado edutenimento.  

Creado en Santa Fe, México, a finales de la década de los 90 e inicialmente conocido como la ciudad de los niños, Kidzania es ahora una marca global presente en más de 15 ciudades de todo el mundo, contabilizando un número superior a las10 millones de visitas.  
En este inocente juego de hacer cuentas el mercado internacional percibió, desde 2006, un lucrativo modo de involucrar a los niños y hacerlos fieles a las marcas, que allí se extienden de manera nada comedida. 

Lealtad a las marcas

Una declaración reciente a The New Yorker, el mexicano Xavier López Ancona, creador del proyecto, dice explícitamente que el parque, en forma de ciudad, es una potente plataforma para crear lealtad a las marcas en esta sociedad de consumo.  

La idea original que se vende en este espacio es ser un parque educativo indoor que ofrece a los niños y a sus padres un entorno supuestamente seguro que permite a los niños ejercer conductas adultas de la vida urbana, de forma autónoma e independiente. Todo esto, según sus creadores, haciendo lo que es más divertido e importante para los niños: jugar.

Se sabe, sin embargo, que jugar, como una experiencia única de lenguaje del niño, es una poderosa manera de socialización, ejercicio de ciudadanía, elaboración de conflictos, además de un ejercicio de comportamiento futuro. Pero solamente cuando niños y niñas son autores de sus juegos y eligen dónde, cuándo, con quién y cómo se va a jugar. Nada en contra de juegos dirigidos, sobre todo cuando se producen en un corto tiempo y los padres deciden. Pero cuando los juegos están mediados por las marcas, sin autorización, tenemos un problema.  

En Kidzania niños y niñas juegan de pilotos, periodistas o ingenieros en los intercambios sociales y afectivos mediados por el consumo y el intercambio monetario. La idea de ingreso al parque es "paga tu dinero, gana más y gasta como quieras."

Visualmente, el espacio es una ciudad construida a escala para niños (siempre dentro o cerca de centros comerciales), con edificios, calles pavimentadas, vehículos e incluso un lenguaje y economía propios. Pero lo más impresionante aquí no es la verosimilitud con las ciudades, sino la integración del mundo real a través de las marcas expuestas, el que patrocinan las empresas de la ciudad y sus actividades. 

El discurso falaz es que la autenticidad mejora la experiencia, y que los niños aprenden de forma interactiva con las mejores personas que les puedan enseñar sobre el ahorro y la inversión; un banco, por ejemplo.  

Además de las marcas multinacionales o nacionales, hay actividades financiadas por el gobierno, inclusive en forma de propaganda de servicios con la intención de desarrollar la responsabilidad cívica de los pequeños o incluso prepararlos para un mundo mejor. Encontramos allí, además de bancos y redes de restoranes de comida rápida (fast food = comida chatarra), oficinas de correos, hospitales o incluso una unidad de la UNICEF.

La relación de niños y niñas con las ciudades debería ser, sin duda, enaltecida y privilegiada en la actualidad, sobre todo por las familias y las escuelas, ya que "la calle es un aula, una pizarra", como bien observa el profesor español, Jaume Martínez Bonafé. Un lugar donde se escriben y ejercitan valores, saberes e historias a partir de las relaciones que allí se establecen.  

Espacios públicos amigos

Las ciudades pueden incluso, dice, ser adoptadas en el currículo escolar, con situaciones que producen conocimiento sobre el mundo. Así que en lugar de privilegiar la construcción o incluso montar espacios privados para que los niños ejerzan su autonomía e independencia, es urgente tener una mirada más cuidadosa hacia las ciudades y los espacios públicos para estos sean, más bien, más amigos de los niños.

Sólo en las ciudades reales, con sus contradicciones pulsantes, es que somos capaces de afectarnos, relacionarnos y así transformar realidades. Solamente a partir de la experiencia plena de una vida en la polis es que somos capaces de ejercer nuestra ciudadanía y entender totalmente el sentido de comunidad, el cuidado, el intercambio y el juego.  

Ese tipo de experiencia no puede ocurrir en ciudades planificadas a escala de los niños con la intención clara de cooptar a los pequeños consumidores y hacerlos fieles a las marcas.

Se hace urgente, entonces, devolver los niños a las calles y las calles a ellos, y deslocalizar el aprendizaje fuera de los espacios privados y las instituciones educativas, como bien postuló Bonafé

Hago aquí un llamado a los urbanistas, ingenieros, alcaldes, comunicadores, y a toda la sociedad civil, para reflexionar no sólo en este parque de diversiones y lo que realmente vende, sino también sobre los mensajes que las ciudades reales pasan a niños y niñas desde la más tierna edad.

Así como Chico Buarque, en la letra de A Cidade Ideal, todos debemos cantar en favor de ciudades más humanas y sustentables.
  
Ver aquí artículo original en portugués, publicado por Outras Palavras